♫♫♫ INOCENTE… ♫♫♫ INOCENTE… ♫♫♫


El otro día un cliente me preguntó: ¿cómo podemos demostrar que no hemos hecho aquello por lo que nos acusa la denunciante?  Ahí me di cuenta, de que no es que se presuma, es que ¡era un inocente! Le expliqué que es la culpabilidad aquello que debe ser demostrado, sintiendo que le estaba dando un “chute” de anestésico local.  Le hice ver, que por definición es imposible probar que uno no ha hecho algo, ni que algo no existe, y que la proba a la que se refería es la conocida como probatio diabolica.  Y que desde tiempos del Imperio romano ya se conocía perfectamente.  ¡Y esos sabían latín!  La propia Iglesia de Pedro sabe perfectamente la cobertura que da pedir a quienes cuestionan si Dios existe o no, la carga de probar, que Dios no existe.  Construyendo el razonamiento falaz que, tan sencillo él, sencillamente: ¡funciona!

El alívio percibí en él, parecía no colmar sus expectativas de seguridad.  El subconsciente no le estaba engañando.  Y es que, no es trabajo fácil que “su” verdad, de ser verdad, es en términos de probabilidad un cisne negro, en su objetivo de quedar plasmada en lo que la Sentencia declare como probado.  El canon mínimo que el TC tiene como deber fijar, y que sin embargo, no alcanza ni impide a la Justicia ordinaria su establecimiento más garantista, nos permite recordar, que por omisión, se ha valorado más relevante evitar la impunidad, en detrimento de garantizar que nadie sea condenado en un falso positivo.  Se olvida que impartir Justicia requiere de Resoluciones condenatorias, tanto como de absolutorias, siendo ese difícil equilibrio, la difícil labor, propia del poder judicial, a través de sus jueces y Tribunales.  Merece recordar al ingenioso hidalgo nacido de la pluma de Cervantes, que con gran acierto señala que cuando hubiera lugar a la equidad: en todo cuanto fuere de tu parte, sin hacer agravio a la contraria, muéstrate piadoso y clemente; porque aunque los atributos de Dios todos son iguales, más resplandece y campea a nuestro ver el de la misericordia que el de la justicia.  La CE habla en idénticos términos de esa presunción de inocencia.  Sin embargo, sólo aquellos que creemos en ella, somos de verdad unos inocentes.  Yo me decanto personalmente más proclive a aquilatar el valor garantista de impedir una condena injusta, en lógico detrimento, del también necesario deber de impedir ámbitos de impunidad en un Estado de derecho.

Preferible dejar libre a un culpable, que condenar a un inocente

Al final sólo puedes señalar, lo que por obvio, debería ser en la misma dosis: ocioso.  Sin embargo no parece capaz de penetrar esa coraza de quien, vacunado del virus de la curiosidad, de la inquietud que nos lleva a querer escuchar.  Y que por aprovechar el viaje, nos lleva de paso, quién sabe, a aprender algo nuevo.  Si hay que ir, se va; pero ir pa na es tontería.  Y digo aprender.  Pues aprender depende de uno mismo, siendo la cantidad y calidad de lo aprendido exclusiva de cada persona, variando en función de quién sea, de cuál sea su actitud, y sin duda, de su capacidad para absorber la ingente cantidad de información que se le presenta.  La distinción entre aprender y enseñar no es ociosa, pues es desde este prisma, desde el que sabemos que Su Señoría, aún asumiendo las tesis que se le plantean, no obsta para conservar incólume su condición de autoridad más dicharachera de “su” Tribunal; sin que pueda quedar afecto su “corazoncito”.  Decía el compañero Angel Gaminde una frase que no pocas veces reproduzco cuando afirmaba que: “un Magistrado sin curiosidad, no es sino medio Magistrado”.

Y concluir con un final “apoteósico” en el que señalemos las razones de nuestro derecho, con un: “lo que está claro es que: lo que no puede ser, no puede ser, y además es imposible”.  Reforzando nuestro lado más voluntarista, para colmar la laguna que deja la impotencia del ganado, cuyo irresistible e inexorable final en su viaje al matadero, garantiza casi seguro que: si entras ganado, nunca sales victorioso.  Si algo “está ganado”, sólo puede empeorar, ergo, no es motivo para sonreír, sino más bien para preocuparse. ¡Mal negocio siempre!

¡Póntelo, pónselo!

En la ciudad de Vitoria-Gasteiz, a 13 de agosto de 2015.

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