DERECHO A LA LIBERTAD DE EXPRESIÓN


Uno comienza a escribir un blog pensando en su idílico lector, quien destaca lo virtuoso de quien le escribe tan hermoso.

Sabed que dulce no es su esposo, lo que a Aldonza, la del Toboso, de ver a un zurdo, como a un esposo, sin un lugar que les mancha a por lo que hoy se llama un maletín.

No a mucho tiempo que vivía un hidalgo, de los de rocín flaco, adalga antigua; una hoya de más vaca que carnero, salpicón las más noches, duelos y quebrantos los viernes, lentejas los sábados, algún palomino de añadidura dos domingos, consumían los tres cuartos de su hacienda.

Uno es libre de escribir hasta que empieza a escribir para aquellos lectores que lo señalan como bueno, ahí empieza a deberse a sus lectores, quienes acaban secuestrando su voluntad, y terminan marcando lo que en un principio pareció su libertad, y al final

P.D. rimaba más conmigo el alcohol que mi virtuosismo literario. ¿Beber y conducir un blog no es penalmente reprochable? Ergo, con atenuante cuento 😉

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